GRACIAS, MALDITA INFERTILIDAD

Cuando sentís que nadie te entiende o que incluso te juzgan. Que te lastiman al minimizar tus deseos. Cuando abrís tu corazón y todo te vuelve en forma de dolor y de apatía.
Entonces, Tribu. Cuando tiene sentido hablar con quien sabe (o la humildad de no saber pero escucharte). Entonces entendés que no tienen ningún sentido cerrarse al mundo, sino que vale la pena abrirse, y yo tuve la suerte de encontrar a mis mejores.
La vida sigue, algunas cosas cambian, pero lo genuino termina siempre intacto, pulcro, inmaculado. Eterno.

Natalia, Justina y yo. En esta foto se ve parte de la primera Tribu de la que formo parte (junto con Caro y May).
Nos conocimos en el blog, comunicándonos casi arcaicamente (hace más de 8 años no era tan así como ahora), luego Twitter y cuando hubo confianza nos pasamos los teléfonos. Nuestro chat eran cataratas interminables de miedos, frustraciones, hormonas, estimulaciones, punciones, estudios, betaesperas, negativos, positivos flojos, abortos, embarazos bioquímicos. Por momentos nuestros ciclos se sincronizaban y estábamos todas transitando las mismas fechas, y lo bueno de eso es que cuando aparecía la tía Colorada, todas compartíamos las puteadas.
Starbucks, Be Frika, La Cabrera, Tiendas Naturales, meriendas caseras, kilos de palta, maca, nada de canela y muchos audios y textos que iban y venían mientras la infertilidad nos estaba dando una oportunidad, la oportunidad de una amistad.
Habrá sido la suerte, las circunstancias de la vida, la sincronización del destino -ya no sé-, pero transferencias diferidas y una punción con pocas semanas de diferencia entre nosotras tres, nos llevó a tres betas positivas y viables.
Después de todo lo que nos había tocado vivir y compartir… de contarlo, esta publicación sería interminable.
Y con esas betas positivas, íbamos viviendo el día a día, acompañándonos en la preconcepción y en el puerperio de la infertilidad con nuevos miedos, nuevas preguntas, pero también compartidas.
Justina se nos fue a vivir a Boston, después volvió para irse aún más lejos: Canadá. Nuestros hijos se llevan semanas o días de diferencia, y el parto de Justina lo vivimos a la distancia, online, como ella el de Natalia y el mío.
Hacía más de 3 años que nos debíamos esta foto, y créanme que para mí representan todo. Las conocí casi al principio, fueron mi refugio, mi contención, mis ganas de saber y compartir cuando más lo necesité.
Tribu.

Gracias, gracias por siempre maldita infertilidad.

PD: Dato no menor, Justina, que es doctora en Filosofía, fue la primera correctora de mi libro.


Soy Maru Pesuggi, autora del libro ¡Que me parta un Milagro!, desde mi propia búsqueda quiero acompañarte en tu camino.

¿Todavía no lo leiste? El libro: http://libro.quemepartaunmilagro.com.ar

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