HABÍA UNA VEZ

Sentadita, en la sala de espera junto a una bolsa grande con el logo impreso de un centro de diagnóstico. Como buena paciente, está esperando su turno. Allí dentro lleva estudios que también la vieron esperar otros turnos y otras salas de espera.

Con la mirada perdida en el suelo, toma su celular. No tiene señal y, haciendo malabares con esa bolsa enorme, vuelve a guardarlo en su cartera.

Piensa, reflexiona, mira su reloj.

Sigue esperando, y de su mente nace una idea, una idea que se fue gestando de a poco. Esperaba a que la salven, pero en realidad esa espera era lo que estaba haciendo.

Mira las puertas y ninguna se abre, y aunque ponga su alma en cada dintel y sepa que a veces las puertas simplemente no se abren, entrega su tiempo que nunca más va a regresar por algo que no sabe si va a suceder.

Entonces esa idea nace para convencerse de que en el fondo todo lo posible.

Entiende que aceptar, no es rendirse ni darse por perdida. Rendirse es huir, bajarse del tren a la mitad del viaje, abandonar en el medio de una pelea.

Entiende que la peor de las peleas, es la que batalla contra uno mismo. Y en esa nadie gana nunca, se destruye y vuelve a casa con los restos de lo que era.

Y ella, que ya dejó de pedir permiso, esquivó prejuicios y pateo el tablero más de una vez, se atreve y hace lo posible cada vez, porque el amor no conoce imposibles. Entonces todo puede suceder.

HABÍA UNA VEZSentadita, en la sala de espera junto a una bolsa grande con el logo impreso de un centro de diagnóstico….

Publicado por Que me parta un Milagro en Lunes, 26 de febrero de 2018

 

 

 

 

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